El examen de la movilidad no es muy alentador en Colombia. Los últimos días abundan en derrumbes, cierre de vías y, en síntesis, en la imposibilidad de movilizar pasajeros y carga. La comunicación entre Buenaventura y Cali, el estado de “La Línea” y de carreteras en Santander, muestran una movilidad incapacitada como imagen repetida durante meses y en distintos lugares.
Si el mantenimiento y ampliación de la red vial urbana y nacional, y la prevención de su destrucción se aplazan, la reparación de los daños será interminable y el camino para la movilidad habrá que recorrerlo en una condición permanente de incapacidad.
El informe de la Veeduría Distrital de Bogotá de esta semana, también expone un mal que se extiende en otras ciudades, al diagnosticar una movilidad en retroceso, pues hace cinco años los vehículos particulares transitaban a 33 km/h, y ahora lo hacen a 24 km/h, debido a que casi en el mismo lapso la malla vial creció sólo un 2,7%, mientras que los automotores aumentaron en un 91%. Si los recursos para movilizarse crecen a ritmos dispares, o unos se incrementan mientras otros retroceden, la competitividad y la calidad de vida en el País seguirán en la lista de espera.
La cotidianidad de la movilidad, agravada por un invierno constante, invita a la reingeniería de las administraciones territoriales y del Gobierno Nacional, para atender la contundencia de las necesidades ciudadanas de transitar. Es tiempo de abrir paso a una movilidad que habilita y que no se incapacita por causas previsibles o por la mora en las decisiones públicas.


