Esos valores fundamentales, se concretan en decisiones políticas en las que la ética de la acción oficial puede ser identificada. Las contribuciones a valores existenciales como el ambiente, la salud o el acceso a los servicios públicos, son las más frecuentes y evaluadas en la agenda pública.
Pero también el interés en valores vitales como la educación, resulta importante en administraciones con visión a largo plazo. En esos casos, el Gobierno se entiende no como una oportunidad interrumpida cada cuatro años, sino como una secuencia de líderes y avances comprometidos con el presente y el futuro.
No en vano estos días se han dedicado a las asambleas de partidos y movimientos que hacen parte del escenario público, pues la renovación del poder local convoca a reiterar y repensar el compromiso con los valores políticos. El aumento de la participación efectiva de la mujer en los cargos, el incremento del control político y la consolidación de una independencia propositiva y solidaria, son algunos retos en el horizonte de una cultura política trascendente y transgeneracional.
A los nuevos mandatarios les corresponderá distinguirse entre una línea inmediatista que busque solamente eficiencias de corto plazo, o una que sin dejar de dar soluciones a situaciones inaplazables de la sociedad, también tenga la capacidad de aplicar un proyecto de larga vida. Este última opción será además garantía de continuidad de quienes conquistaron el voto de sus conciudadanos, como una expresión de esperanza en que la gestión del Estado fortalezca los vínculos actuales y las metas futuras entre los ciudadanos.


